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Varones con "hambre de padre"
Por Sergio Sinay
¿Qué
tema puede conmover con mayor facilidad a un varón? Para
facilitar la respuesta voy a dar una lista de contestaciones incorrectas:
no es el equipo de sus amores, no es el último modelo de
su marca de autos favorita, no son los saltos y caídas
de la Bolsa, no son las fotos de lolitas y lolotas semidesnudas
en las playas de moda. Por supuesto, estos temas (fútbol,
autos, negocios, mujeres) movilizan a un hombre, pero no conmueven
su interioridad. Actúan sobre lo más obvio de la
epidermis "masculina", pero no rozan la pulpa de su mundo emocional.
Mis propias vivencias como varón y mi experiencia en el
trabajo con hombres me convencen de que el tema que, más
tarde o más temprano, atraviesa infaliblemente las más
gruesas corazas varoniles es el del vínculo del hombre
con su padre. En la mayoría de los varones que hoy son
adultos anida (silencioso o silenciado, conocido o ignorado) un
hambre de padre. Es el resultado de haberse "hecho hombre" sin
una guía emocional que les ofreciera modelos reales, cercanos,
palpables para conectarse con sus propias emociones y sentimientos,
con sus dudas y temores, con sus ansiedades e incertidumbres.
El modelo paterno generalizado que tuvieron quienes hoy son hombres se agota en el cumplimiento de los "deberes" materiales (proveer apellido, techo, alimento, estudios o un espacio laboral). Los padres se ocupaban de eso porque lo consideraban su obligación, y por qué no, su orgullo. Se ausentaban, incluso, para lograrlo. "Me dediqué a trabajar para que no te falte nada", argumentan muchos con razón. Y sin razón. Porque, en verdad, a sus hijos les terminó faltando algo esencial: la presencia cercana, esencial, emocional, palpable del padre. Así, del progenitor de su mismo sexo terminaron obteniendo un modelo parcializado: les mostraba cómo actuar, cómo hacer, pero no los guiaba en el sentir y, mucho menos, en la expresión de lo afectivo. Por supuesto, esos padres difícilmente podían transmitir lo que tampoco ellos hab’an recibido.
Estas carencias no son poca cosa. Para los hijos, el padre aparece como el arquetipo básico de lo que es ser hombre. Si en ese referente la manifestación emocional está ausente, si la intimidad afectiva no es una presencia constante, nutricia y explícita, el hijo varón sentirá que, como hombre, no "debe" expresar sentimientos, que lo "deseable" es contenerlos, disimularlos, mucho más cuando se trata de exteriorizarlos a otro varón.
La próxima "víctima" de este modelo será el hijo de este hombre. O no. Aquí es donde el hambre de padre puede actuar como un elemento transformador. Cuando digo que este tema es el que verdaderamente conmueve los sentimientos esenciales de un varón, señalo una experiencia repetida, según la cual cuando se plantea este tema en un espacio de hombres en el que hay un m’nimo de confianza, casi todos empiezan a confesar las asignaturas emocionales pendientes que tienen con sus padres.
Es, quizá, el dolor más sensible, íntimo
y silenciado que habita en cada varón. Ese hambre (por
las cosas emocionales no compartidas, por los momentos no vividos
en común, por las palabras necesitadas y no recibidas,
por los gestos ausentes), puede convertirse en resentimiento contra
un padre aún vivo o ya ausente. Y esto es inútil,
porque no modifica nada, y hace que el sentimiento se convierta
en algo crónico.
O puede despertar en el varón que lo siente la decisión
de ser, él, un padre diferente, presente, capaz de abrir
(con, ante y para sus hijos) sus emociones, alegrías, dudas,
temores, esperanzas, desconciertos, dolores y sueños.
Además, un hombre que decide ser un padre diferente será distinto en su pareja, en su trabajo, con sus amistades. Sus sentimientos tendrán más espesor que una camiseta de fútbol, que un último modelo, que una acción de bolsa o que una lolita desnuda. El hambre de padre de los varones adultos puede ser alimento emocional nutricio y esencial para una nueva generación de hijos. Sus hijos.
Del sitio web del autor http://www.sergiosinay.com
Durante la vida reproductiva de la mujer, su salud está altamente
determinada por el equilibrio de sus hormonas sexuales: estrógenos y
progesterona.
Cuando éstas se desequilibran pueden aparecer problemas como pérdida del deseo sexual, menstruaciones irregulares o abundantes, fibromas, quistes de pecho, endometriosis, infertilidad, síndrome premenstrual, retención de agua y aumento de peso, entre otros. John Lee, médico americano experto en el tema, define estos problemas como síntomas del nuevo "síndrome del predominio de estrógenos".
El ciclo menstrual
Existen tres secciones principales del sistema hormonal que juegan un papel decisivo en el ciclo menstrual. La primera sección se compone del hipotálamo, que produce fundamentalmente la hormona liberadora de gonadotropina (GnRH). Ésta, a su vez, estimula la segunda sección, la pituitaria anterior, que secreta las hormonas foliculoestimulante (FSH) y luteinizante (LH). Ambas, a su vez, estimulan la tercera sección, los ovarios, para que produzcan estrógenos y progesterona. Cuando comienza la menstruación, el nivel de estas hormonas es muy bajo, lo cual produce un efecto estimulador en el hipotálamo para que produzca GnRH. Así comienza de nuevo el ciclo menstrual.
En la primera parte del ciclo, más o menos los 14 primeros días, los niveles de estrógenos aumentan considerablemente. Éstos estimulan el crecimiento acelerado de los folículos ováricos para preparar el óvulo, que más adelante podrá ser fertilizado por el espermatozoide. Este proceso estrogénico alcanza su punto álgido en la ovulación. La producción de estrógenos empieza a desminuir a partir de ésta. Sin embargo, una vez el óvulo ha dejado el folículo, la hormona progesterona es producida en grandes cantidades con el fin de preparar al endometrio para aceptar y nutrir al "posible" óvulo fertilizado el tiempo necesario para que se convierta en un bebé. Si el embarazo no se lleva a cabo, los niveles de estrógenos y progesterona disminuyen, dando lugar a la menstruación.
La progesterona, producida por los ovarios, aparte de su gran función durante el embarazo, ayuda a controlar el peso previniendo la retención de líquido, y a usar la grasa para producir energía; es de vital importancia para la salud de la tiroides; estimula el deseo sexual; fortalece los huesos; y protege contra el cáncer y la formación de quistes.
No hay que confundir la progesterona natural con los progestógenos o progesterona sintética que se encuentra en preparados hormonales. Esta forma sintética inhibe la producción de progesterona en el organismo, causando serios efectos secundarios.
Los estrógenos son producidos por los ovarios, glándulas suprarrenales y células grasas del organismo. Aunque comúnmente se les encapsula en un mismo término, los estrógenos, en realidad, son principalmente tres hormonas: estrona, estradiol y estriol.
Clasificación de los estrógenos:
- Estrona
Promueve el desarrollo y el mantenimiento de las estructuras reproductivas de la mujer (especial-mente la capa endometrial del útero), las caracte-rísticas secundarias sexuales (distribución de la grasa en los pechos, abdomen, pubis, caderas; el tono de voz, el ensanchamiento de la pelvis; y la distribución del vello), y los pechos. - Estradiol
Ayuda a controlar el balance de líquidos y elec-trolitos. La mayoría de éstos son minerales esen-ciales que ayudan a controlar el equilibrio de acidez y alcalinidad del organismo, al mismo tiempo que controlan la secreción de hormonas y neurotransmisores. - Estriol
Estimula la síntesis de proteínas, las cuales ayu-dan a crear nuevas hormonas y enzimas metabó-licas, y a reparar los daños que se crean con el uso y desgaste del organismo. En los últimos años, se han llevado a cabo importantes estudios que de-muestran que una gran mayoría de los problemas relacionados con el desequilibrio de las hormonas sexuales viene dado por un exceso de estrógenos (especialmente estrona y estradiol) y una falta de progesterona en el organismo. Existen varios factores que pueden influir en esto: exceso de xenoestrógenos presentes en el medio ambiente; falta de nutrientes en el hígado y un desequilibrio intestinal.
Xenoestrógenos
Éstas son sustancias externas al cuerpo con un efecto estrogénico y que incluyen: pesticidas, plásticos, compuestos industriales y drogas farmacéuticas.
Estos químicos tienen la estructura molecular muy parecida a los estrógenos y pueden cumplir diferentes funciones: unirse a los receptores hormonales de las células obstruyendo la respuesta hormonal natural; bloquear los receptores hormonales; y destruir los mensajes hormonales. El resultado, en todos los casos, es, por un lado, exceso de estrógenos y, por contrapartida, una deficiencia de progesterona.
Los Xenoestrógenos suelen ser productos provenientes del petróleo y solubles en grasa. Así pues, una vez estos químicos entran en nuestro organismo a través de la ingesta de vegetales que han sido rociados con ellos, o bien a través del consumo de animales alimentados con granos rociados con pesticidas, éstos quedan depositados en nuestra grasa, convirtiéndonos en candidatos a sufrir serios desequilibrios hormonales.
Por otro lado, un gran número de mujeres usa hormonas sintéticas como medio anticonceptivo, para tratar los síntomas de la menopausia o, supuestamente, para equilibrar ciertos desarreglos hormonales. Estas hormonas químicas están compuestas, principalmente, de estrógenos y progestógenos. Las hormonas sintéticas no son destruidas por el organismo con la misma facilidad que las naturales, acumulándose y produciendo síntomas de exceso de estrógenos, y, además, como ya hemos visto, los progestógenos inhiben la producción de progesterona natural.
Los Xenoestrógenos son "anti-adaptógenos", es decir, interfieren con nuestra habilidad innata de adaptarnos al medio ambiente. Afectan negativamente a la red que conecta nuestra parte neurológica-endocrino-inmunitaria que se encarga de que adaptemos nuestros sistemas para mantenernos sanos. Por otra parte, una dieta pobre en "adaptógenos", o sea, vitaminas, minerales, ácidos grasos esenciales y fitonutrientes (los cuales nos ayudan a desintoxicar el organismo, equilibrar las hormonas y aumentar nuestro potencial de adaptación), nos predispone a sufrir serios problemas de salud.
El exceso de estrógenos produce:
- Síndrome premenstrual
- Depresión
- Falta de deseo sexual
- Desequilibrios de la
- glucosa
- Necesidad de comer
- carbohidratos y dulces
- Menstruaciones fuer-tes o irregulares
- Pechos fibroquísticos
- Hinchazón de pechos
- Fibromas
- Cáncer de pecho
- Cáncer de endometrio
- Vaginitis
- Retención de agua
- Aumento de peso
- Hipotiroidismo
- Osteoporosis
Deficiencia de nutrientes
La degradación de estrógenos, y también progesterona, al igual que otras sustancias, ocurre en el hígado. Este proceso se divide en dos fases:
1. La fase 1, llevada a cabo por una serie de enzimas conocidas como P-450, en realidad no elimina toxinas sino que las prepara para ser degradadas y eliminadas. Para que esta fase se lleve a cabo son de vital importancia los minerales cinc, selenio, cobre y magnesio, además de las vitaminas B2, B6, B12 y ácido fólico. A menudo, en esta fase de preparación, las propias sustancias que han de degradarse y eliminarse se convierten temporalmente en sustancias muy tóxicas.
2. La fase 2, es en donde estas sustancias altamente tóxicas son unidas a ciertos nutrientes, como glutation, sulfuro o glicina, para se desintoxicadas. En el caso de la degradación de estrógenos, el sulfuro es el nutriente que se encarga de escoltar a estas hormonas en su proceso de eliminación. Este mineral abunda en las cebollas, ajo, huevos, col, brócoli, alfalfa, nabos, berros, coliflor, rabanitos, coles de Bruselas y semillas de mostaza.
Existen otros nutrientes necesarios para combatir algunos de los efectos de un exceso de estrógenos. Por ejemplo, la vitamina E ayuda a combatir los dolores de pechos antes de la menstruación, al igual que los coágulos durante ésta; los niveles de vitamina A suelen disminuir considerablemente después de dejar la píldora anticonceptiva, lo cual puede causar menstruaciones muy fuertes; la vitamina C, junto con los bioflavonoides, ayuda a fortalecer los capilares y previene las menstruaciones abundantes; los ácidos grasos esenciales (Omega 6 y Omega 3) ayudan a regular las hormonas sexuales y previenen la inflamación y el dolor antes y durante la menstruación, al igual que los casos de endometriosis; el magnesio ayuda a combatir los espasmos durante la menstruación.
Desequilibrio intestinal
Una vez el hígado ha degradado los estrógenos y los ha convertido en productos de desecho, éstos son llevados, principalmente, a través de la bilis hasta el intestino, donde serán evacuados (el resto será eliminado a través de la orina). Sin embargo, si el colon aloja un exceso de bacteria "mala", se produce un aumento de enzima beta-glucuronidasa, la cual favorece la reabsorción de los estrógenos de nuevo a la sangre.
Este tipo de desequilibrio intestinal es debido a una dieta alta en grasa saturada y baja en fibra. Es importante en estos casos reducir el consumo de productos lácteos, y aumentar el consumo de vegetales, frutas, legumbres, cereales, frutos secos y semillas.
La fibra alimenta la buena bacteria intestinal y produce ácido butírico, que acidifican el colon. Este tipo de ácidos estimula el crecimiento de los acidófilus (bacteria "buena). Adicionalmente, la celulosa, fibra insoluble, se une a los estrógenos intestinales, inhibiendo su reabsorción. Por otro lado, la lignina (fibra que se encuentra en las semillas y centeno, principalmente) es convertida por la flora intestinal en una sustancia antiestrogénica, que pasa a ser absorbida en la sangre y ejerce un efecto protector contra el cáncer de pecho. Es aconsejable, también, suplementar la dieta con un producto que contenga dosis altas de Lactobacillus acidofilus y Bifidobacterium bifidum.
Es a través del aparato digestivo por donde absorbemos todos los nutrientes necesarios para la salud de nuestras células, producción de hormonas y enzimas metabólicas. Por ello, para equilibrar el sistema hormonal, es muy importante resolver cualquier desequilibrio intestinal o digestivo.
Los problemas más comunes son candidiasis crónica, infección parasitaria, falta de ácido clorhídrico y/o enzimas digestivas.
Cómo prevenir unos niveles altos de estrógenos:
1. Bebe agua mineral embotellada en recipientes de vidrio. Si sólo puedes obtener agua embotellada en plástico, una vez en casa, cámbiala a una jarra de cristal. Nunca expongas al calor botella de agua de plástico.
2. Elimina las grasas saturadas, productos lácteos, azúcares y estimulantes, como el café, té, chocolate y refrescos. Estas sustancias, además de robarle nutrientes al cuerpo, saturan el hígado y bloquean las fases 1 y 2 de desintoxicación.
3. Asegúrate de que comes, como mínimo, 5 vegetales y 2 piezas de fruta al día. Además de fibra, estos alimentos te proporcionan anti-oxidantes y otros nutrientes para activar el hígado, limpiar las células y ayudar a desintoxicarte de químicos y de estrógenos.
4. Aumenta el consumo de cebollas, ajo, huevos, col, brócoli, alfalfa, nabos, berros, coliflor rabanitos, coles de Bruselas y semillas de mostaza, por su alto contenido en sulfuro. Incrementa, también, los productos de soja (miso, tofu, leche, yogures, tempeh, tamari), lentejas, centeno, maíz, manzanas, almendras, avena, cacahuetes, frutas cítricas, hinojo, apio y algas. Estos alimentos son altos en fitoestrógenos, los cuales poseen actividad estrógena, aunque muy débil. Estos nutrientes compiten con los xenoestrógenos para entrar en los re-ceptores hormonales, pero al ser sustancias naturales tienen ventaja sobre sus rivales. Una vez en los receptores, bloquean la acción de los xenoestrógenos y, a la vez, protegen al organismo del efecto negativo de los estrógenos naturales, estrona y estradiol.
5. Consume productos biológicos siempre que puedas. Evitarás un exceso de acción estrogénica en tu organismo y una sobrecarga de químicos para el hígado.
6. Minimiza el uso de plásticos para conser-var alimentos grasos y evita comprar alimentos envueltos en ellos. Algunos químicos usados para que el plástico sea flexible se disuelven fácilmente en la grasa. Estos in-cluyen patatas fritas, quesos, mantequilla y chocolates, entre otros. Evita también los envases de tetrabrik de zumos y sopas, y las latas, ya que pueden contener plástico en su interior.
7. Nunca calientes comida envuelta en plástico. Por ejemplo, evita el film para envolver alimentos que van a ser calentados o cocinados en el microondas.
8. Evita, siempre que puedas, tomar medicamentos. Busca otras alternativas a la píldora anticonceptiva o a la terapia hormonal para tratar la menopausia.
9. Es aconsejable tomar suplementos nutricionales a diario para asegurarse de que todos los nutrientes requeridos por el hígado se encuentren presentes. Ya hemos visto que el cinc, cobre y magnesio, juntos con las vitaminas Bs, son esenciales para la degradación y desintoxicación de los estrógenos. Cada persona necesita unas dosis y unos nutrientes específicos en función de sus necesidades bioquímicas. Busca el consejo de un terapeuta. Un programa básico de su-plementos incluiría: un complejo de multivitaminas y minerales (que incluya dosis aproximadas de 50 a 100 mg de las vitami-nas Bs, 15 mg de cinc, 1 mg de cobre), magnesio (250 mg), un compuesto de Omega 3 y Omega 6 (ácidos grasos esenciales), 2 g de vitamina C con bioflavonoides, y un compuesto de bacteria “buena” (varios millones por pastillas de Lactobacillus acidofilus y Bifidobacterium bifidum). Cualquier dis-función intestinal que sufras debe ser tratada prioritariamente.
Cala H. Cervera
Nutricionista Ortomolecular
Del Blog Voces desde el Vórtice me guardo aqui un articulo de Sergio Sinay
Carta abierta de un varón a otro varón
Querido congénere:
Esta
carta no podía tener otro destinatario que fueras tú. Nadie podría
entender mejor de qué hablo, qué quiero decir. Querido congénere, tú y
yo, varones ambos, estamos en peligro de extinción. Así como nos
mandaron a vivir nuestras vidas de hombres, así como nos mandaron a
relacionarnos con las mujeres, con nuestros hijos, con las cosas, con
los seres, con el mundo, así no va más.
Te
quiero contar cosas que escucho, que siento, que pienso, que vivo y que
veo, cosas que nos involucran y que, quizás, no ignoras y te preocupan
tanto como a mí. Veo mujeres tristes, desalentadas, resignadas a no
encontrarse emocionalmente con nosotros, a no contarnos como compañeros
de vida, digo como verdaderos compañeros de vida, como hombres
dispuestos a explorar con ellas los espacios desconocidos del afecto, a
confiar en que nuestras diferencias nos enriquecerán, dispuestos a
mirarlas con cariño, con ternura, con humor, además de con deseo. Veo
mujeres que no nos entienden ni se sienten entendidas por nosotros,
mujeres que han hecho hasta lo imposible por comunicarse (y debo
decirte, querido congénere, que a menudo hacen de más, se ponen
demasiado ansiosas, sofocan, se adelantan a nuestros tiempos). Han
hecho hasta lo imposible guiadas por la mejor, la más amorosa de las
intenciones. Y hoy a muchas las veo y escucho resignadas a convivir con
hombres que siempre serán extraños y lejanos o, directamente, a
prescindir de ellos. Muchas mujeres prefieren compartir y su tiempo con
otra u otras mujeres: reciben más afecto, más compresión, más compañía
(aunque le falte el tipo de compañía, comprensión y afecto masculinos,
que tienen otra energía, otra vibración, no opuesta sino
complementaria). Hay mujeres a las cuales empezamos (sólo empezamos) a
resultarles prescindibles. Y si prescinden de nosotros, ellas estarán
sin hombres, pero los que estaremos verdaderamente solos seremos
nosotros, te lo aseguro. Nosotros, los varones sabemos muy poco, o
nada, de estar solos, salvo en las trincheras o arriba de un ring. Y
aún así, nos damos el dudoso lujo de aislarnos.
Por
las dudas, te lo aclaro: cuando digo que las mujeres acabarán
prefiriendo estar con mujeres, no hablo de sexo. Lo aclaro porque sé
que los varones sabemos poco de intimidad, simplificamos y nos
confundimos. Estarán juntas de un modo que nosotros no sabemos estar
entre nosotros. A eso me refiero. Espero que entiendas. Y, si no,
hermano, espero que empieces a aprender a entender.
Veo
y oigo, también, a muchos hijos desalentados. Ya no hacen más esfuerzo
por acercarse a sus padres, ya no esperan que sus padres se acerquen a
ellos, quiten el candado de la distancia emocional, compartan
sentimientos, sensaciones. Ya no esperan que sus padres se interesen de
verdad por lo que a ellos o ellas (hijo, hija) les pasa, ya no aspiran
a ser revalidados por la amorosa y firme mirada paterna. No sé si te
ocurre, no sé si te ha tocado, pero he sido testigo u oyente de muchas
palabras de hijos desalentados. Dicen cosas como “A mi viejo no la pena
pedirle nada, nunca tiene tiempo, siempre está ocupado”. O dicen: “Me
hubiera gustado verlo en la entrega de diplomas, me hubiese gustado que
estuviera allí (y no en una reunión o jugando al tenis o llevando el
coche al taller) el día que traje a mi novia por primera vez a casa”. O
dicen: Me gustaría no sentir ese silencio incómodo cuando nos quedamos
solos. Me gustaría me mire a los ojos cuando me habla. Me gustaría que
no opine sobre todo lo que le digo. Me gustaría que alguna vez me
prohíba algo y me lo explique, así puedo aprender. Me gustaría que no
me trate como a un amigo, que no se haga el pendejo, que no me robe mi
manera de hablar; necesito sentir que es mayor que yo, que tiene otra
experiencia, que sabe cosas que no sé, que podré confiar en él si me
pierdo. Y así, con un padre pendejo, no puedo. Y paso vergüenza ante
mis amigos, porque encima no funciona como pendejo”.
Muchos
de estos hijos, hermano varón, ya no buscan a sus papás, se han
resignado a perderlos emocionalmente o a tenerlos sólo como
proveedores. Y eligen como confidente a su mamá. Ella, que nunca fue
varón, que no siente como varón, que carece de experiencia como varón,
tiene que explicarles desde qué hacer con una chica (¡yo tampoco lo
creía hasta que fui testigo varias veces!), hasta cómo frenar una
situación temida. Para esos hijos pronto seremos prescindibles. Ellos
se quedarán, funcionalmente, sin padre, les será doloroso, pero
seguirán adelante con su vida, aprenderán a ser hombre de alguna
manera, acaso sean buenos hombres. Los que nos vamos a quedar de veras
solos somos nosotros.
No
sé si te pasa, no sé si lo sientes, observo cada vez más hombres que
desconfían de otros hombres, que los ven como enemigos, como
obstáculos, o lo sumo los ven como instrumentos, como medios. “Este
tipo me sirve o me sirve, lo tengo que cuidar o lo tengo que cagar”.
Escucho eso, lo escucho con una frecuencia que me alarma. Pasa en las
empresas, en la política, en la vida social, en los clubes, en las
agrupaciones profesionales. Veo cada vez más hombres enceguecidos por
la ambición, a los que no les importa qué precio (moral, en salud, en
dinero, o reputación) hay que pagar para tener. Tener, ésa es la
palabra, hermano varón. Tener poder, mujeres, plata, casas, cosas (no
importa qué cosas: cosas). Cuando hay tan poca solidaridad, tan poca
empatía, tan poca camaradería entre los varones estamos mal, hermano
varón. Nos quedamos solos, solos entre nosotros, solos y en guardia,
solos y enfermos.
Cada
vez veo más hombres deprimidos, hombres que no duermen, hombres que
parecen pastilleros ambulantes (viagra, alopidol, alplax clorazepán,
ansiolíticos, sedantes, antiácidos, antinflamatorios, analgésicos,
farmacias que caminan), hombres que desoyen todos los síntomas con que
sus cuerpos les hablan, hombres con dolores, con malestares físicos o
emocionales a los que prefieren no atender. Morimos antes de tiempo o
llegamos estropeados a nuestra vejez. Necesitamos, para nosotros y para
otros, llegar vivos a la hora de nuestro final, con capacidad para
convertir nuestras experiencias en sabiduría y para hacer de nuestra
sabiduría una herramienta al servicio de nuestros afectos y nuestro
mundo. Pero la gran mayoría de nosotros estamos llegando vacíos, sin
nada para transmitir, habiendo acumulado vivencias como quien junta
fotos, pero sin haberlas transformado en algo trascendente.
Así
no va más, hermano varón, querido congénere. Con nuestra violencia, con
nuestra ausencia de perdón, de comprensión, de flexibilidad, estamos
destruyendo el mundo. Digo nosotros, digo los varones, no es un
“nosotros” abstracto. Digo los hombres (no “la humanidad”), los que
tenemos pito y voces gruesas y pelos en todas partes (a veces, no en la
cabeza). ¿Se entiende, muchacho? Digo que los varones, con nuestro
maldito mandato machista, ya hemos hecho mucho daño y ya nos hemos
hecho mucho daño a nosotros. Así, no va.
Seremos
prescindibles para las mujeres. ¿Quién nos hizo creer que estarán
siempre a nuestros pies, muertas por nuestros pitos? Seremos
prescindibles para nuestros hijos. La paternidad biológica es sólo un
dato, un accidente, hay que darle sentido, llenarla de contenido.
Prescindimos entre nosotros uno del otro, apenas nos usamos. Así no se
construyen vínculos fraternales y fecundos. Ya hay mujeres (narcisistas
si quieres, egoístas si te parece, estoy de acuerdo) que nos usan de
padrillos, a veces sin que los sepamos, para tener hijos y librarse de
tener maridos. Ya hay fecundación in Vitro. Y si la clonación avanza
(Dios no permita que esos locos omnipotentes lleguen a cumplir,
invocando a la ciencia, sus sueños demenciales) bastará con una célula
materna para crear un hijo. Y no seremos necesarios ni como sementales.
Será el ominoso final de un modelo que nos hizo creer invulnerables,
poderosos y ganadores. ¿Qué ganábamos, querido congénere?
¿De
verás no estás un poco harto de tener que demostrar todo el tiempo que
tienes huevos? ¿Qué quiere decir tener huevos? No es algo que elegiste,
no es algo que se logra con esfuerzo, con aplicación, con creatividad.
Terminémosla con los huevos. La mayoría de nosotros (la penosa inmensa
mayoría) ni siquiera sabe qué función cumplen los testículos en nuestro
organismo.
¿De
veras no estás harto de demostrar tu aguante, de bancártela solo?
También los burros tienen mucho aguante. Y los bueyes. ¿Hay algo más
por lo que te destaques? ¿Algo propio, generado desde tu corazón?
¿De
veras no estás harto de tener que demostrarles a las mujeres el largo y
el grosor de tu pene, de tratar de batir récords cuando estás con
ellas? ¿No estás harto de ir a la cama con pavor de que tu arma tenga
la pólvora mojada? ¿No estás harto de negarlo, lo vas a negar ahora una
vez más? Yo soy como tú, de manera que aquí puedes ahorrártelo. Y, de
paso, ¿no te gustaría saber un poco más acerca de cómo sienten
sexualmente las mujeres, de qué les gusta, de qué esperan de ti antes
de que empieces con tu exhibición y las dejes fuera? ¿No crees que
puedes llevarte alguna grata sorpresa al averiguarlo? O para ti no hay
nada que aprender? ¿Dónde aprendiste tanto? ¿Te lo enseñó tu papá, o
algún hombre mayor sabio, cariñoso, afectuoso y comprensivo? ¿O lo
aprendiste de oídas? ¿O pagando a una mujer de la cual no recuerdas el
rostro? ¿De veras no estás harto?
¿De
veras no estás harto de mirar de reojo el auto del tipo de al lado, y
si es más nuevo o potente que el tuyo, salir corriendo a cambiar tu
coche para que no crean que eres pobre o que tienes menos poder, o que
la tienes más corta?
¿De
veras no estás harto de hablar sólo de lo bien que te va, de callarte
los dolores, las dudas, las vergüenzas, las dudas? Digo, ¿no estás
harto de aparentar, de competir aún de palabra, de tapar, de disimular?
¿De
veras no estás harto de tanto chiste machista, de tanto infantilismo
acumulado, de tanta simpleza intelectual, de tanto desprecio por las
mujeres, por los homosexuales, por los hombres que apuestan a otra vida
y a otros vínculos sin que pierdan por eso ni una gota de testosterona?
¿No estás harto, eso quiero decir, de vivir con el culo apretado por el
miedo, por el pánico a lo diferente?
¿No
estás harto de justificar guerras, matanzas y destrucciones en nombre
de la política? ¿No estás harto de callar, por miedo a que te llamen
tonto, ingenuo o maricón, tu oposición a la muerte de quien sea, de un
palestino, de un libanés, de un judío, de un afgano, de un iraquí, de
un serbio, de un croata, de un ruso, de un indio, de un paquistaní, de
una mujer, de un chico (de miles y miles de chicos), no estás harto de
tu propio silencio e inacción?
¿No
estás harto de tener sólo cuatro o cinco temas de conversación
(mujeres, política, fútbol, economía, tecnología), temas seguros, donde
nunca arriesgarás nada personal, temas protegidos, temas que, a fuerza
de ser los únicos, te alejan de otros temas, de otra gente, del corazón
de otra gente (mujeres, hijos, nuevos seres a conocer) y de tu propio
corazón?
¿No
estás harto de ser un eterno adolescente, alguien que se niega a entrar
en las etapas evolutivas de la vida, alguien que se convierte, mientras
pasan los años, en la patética caricatura de un púber y que, por muy
macho que se diga, no tiene coraje (o huevos, como te gusta decir) para
emprender la aventura espiritual, emocional y cósmica de convertirse en
un hombre de verdad, un hombre de los que el mundo, y las mujeres, y
nuestros hijos, y los otros amigos, necesitas?
Si
no estás harto, acaso cuando lo estés ya sea tarde, ya estarás
definitivamente solo, ya serás absoluta e irreversiblemente
prescindible. Si no estás harto, formas parte de una especie en
extinción. También los dinosaurios lo eran, aunque no lo supieran,
cuando parecían enormes y poderosos. Formas parte de una especie en
extinción y no habrá una ONG que esté dispuesta a rescatarte. Otras
especies serán prioritarias. Especies que no depredan, que no
discriminan, que no se asesinan masivamente entre sí, que equilibran el
universo.
Si estás harto, el momento de cambiar es ahora. No hay, no hay peros.
Así,
no va más. Me dirás que sí va, que mire quiénes gobiernan los países,
quiénes están al frente de las empresas, quiénes rigen el deporte,
quiénes manejan las finanzas, quiénes son los economistas que ven
números pero no personas, quiénes inventan cada día una guerra para
seguir vendiendo armas y robando petróleo mientras invocan causas
inexistentes, quiénes mandan a morir a los hijos de otros, quiénes
intoxican a nuestros hijos con comida chatarra, televisión chatarra,
juguetes chatarra, ideas chatarra, quiénes no hacen creer que moriremos
si no tenemos un auto, un plasma, una computadora de ultimísima
generación, que seremos poca cosa sin una zapatilla que hasta marca
nuestras pulsaciones, quiénes manipulan nuestra salud desde las
corporaciones farmacéuticas. Miro y los veo. Son hombres insalubres,
inoculados e inoculadores de un paradigma tóxico. Y son mayoría. Es
cierto. Pero repito. También los dinosaurios parecían invulnerables
cuando, aunque ellos no lo supieran, ya estaban extinción. Y, de paso,
pido perdón a los dinosaurios por esta comparación. Estos hombres no
son inocentes como eran ellos. Son imputables. A esta altura de la
historia, de las comunicaciones, de la sociología, de la psicología, de
la información y del conocimiento, son imputables. No podrán decir que
no sabía. En todo caso que digan que les gustaba y les creeremos. No
podrán decir que cumplían mandatos. La civilización ha vivido cosas que
impiden aceptar esa excusa.
Por
eso digo, hermano varón, que si estás harto sólo te queda el camino de
empezar a cambiar tus conductas. No tus palabras, no basta con que
cambies de discurso. Hay que transformar las conductas, las actitudes,
los hechos. Y también las palabras. Quedarte en el discurso te hará
imputable. El tiempo es ahora. El lugar es tu casa, tu trabajo, el
espacio que compartes con tu mujer (o con las mujeres), con tus hijos,
con otros hombres. Es aquí y ahora, cada día en cada lugar. Ya. No te
dejes engañar por esa mayoría de hombres que ves. Los varones somos,
con el paradigma masculino hegemónico hoy vigente, una especie en
peligro de extinción. Y esos tipos son los responsables. ¿Quieres ser
como ellos? Yo no.
Me
preguntarás desde dónde hablo, qué derechos me arrogo. Cuál es mi
púlpito. Me identifico. Soy un varón de este mundo, de este tiempo. Un
marido, un padre, un profesional. Un hombre que ha vivido ya más de la
mitad y ha experimentado todos los mandatos del paradigma. Que hace
tiempo ya no quiere más de eso.
Soy
un hombre harto de estos hombres. Un hombre que tiene con ellos una
cuestión personal, porque degradan mi sexo. Soy un hombre al que le
duelen los tiempos que vive. Un hombre que tiene la visión de un mundo
compasivo y fraternal, inclusivo, enriquecido por la diversidad,
fecundo. Un hombre harto que sospecha no ser el único hombre harto.
Si también estás harto, nos encontraremos en el camino.
Hasta entonces, un abrazo fraterno.
Sergio Sinay
Libro “La Masculinidad Tóxica”
- "¡Qué horror, se nota que lo vistió el padre! Fijate la combinación de colores".
- "¡Ay, Dios, no lo tires así al aire que se te va a caer y se va a lastimar, pobre chico".
- "Cuando él los lleva a jugar vuelven hechos un desastre".
Cada vez que un papá participa en la crianza de sus hijos vistiéndolos, jugando o llevándolos a pasear, hay muchas probabilidades de que estos comentarios se produzcan. Muchas veces están dichos con cariño, a veces con fastidio, otras con resignación.
¿Están menos capacitados los padres que las madres para la crianza efectiva, cotidiana, de los hijos? ¿Son menos hábiles? ¿Se dan menos maña?
El papá no está menos capacitado que la mamá. Ambos tienen capacidades distintas, complementarias e irremplazables. El papá tiene una relación más física con sus hijos y la mamá un vínculo más emotivo. Kyle Pruett, prestigioso especialista del Centro de Estudios sobre la Niñez de la Universidad de Yale y autor del libro Fatherneed (La Necesidad de Padre) cita numerosas investigaciones según las cuales ambos, papá y mamá, tienen una similar predisposición emocional para guiar, cuidar y nutrir a los hijos. "Son la sociedad o sus familias las que no los preparan de un modo similar para ello", apunta. Trabajos del psicólogo Ross Parke, de la Universidad de California, muestran que ambos son igualmente capaces de interpretar y entender las conductas de los chicos. El experto Michael Lamb concluye que "con excepción del amamantamiento no hay evidencias científicas de que las mujeres estén biológicamente mejor predispuestas que los hombres para la crianza".
¿Por qué, entonces, los papás siguen siendo
menos confiables? Creo que debemos buscar la razón en el
viejo malentendido de lo "masculino" y lo "femenino".
Los tradicionales y rígidos estereotipos de género
(que aún nos influyen a pesar de los cambios) limitaron
durante generaciones a los hombres a la producción y provisión
y a las mujeres a la nutrición y la crianza. Un buen papá
es, en esta visión, el que asegura el bienestar material
de su hijo y de su mujer y no interfiere en la relación
entre ellos.
Así se instaló la creencia de que, en última
instancia, los hijos son más de la mamá que del
papá, que ella los entiende y atiende mejor. Y los hombres
fuimos nos fuimos aceptando como "negados" para la crianza,
para la nutrición, para el contacto emocional con nuestros
hijos y para entender sus señales (llantos, síntomas,
gestos, etc.) Así, también, salud, alimentación,
educación y acontecer afectivo se convirtieron en "especialidades"
maternas. Y hoy cuando un padre se propone ser más participativo
en su paternidad se encuentra con que hay cosas que no sabe porque
no le son familiares (y no porque sean ajenas a su condición
de varón). ¿Cómo puede aprenderlas? De la
misma manera en que las aprende la madre, la única posible:
a través de un contacto frecuente y estrecho con el hijo.
Un papá no es una mamá y una mamá no es un papá. El hijo necesita del contacto con ambos para aprender que cariño, atención, nutrición y guía tienen diferentes modos de expresión según provengan de una mujer o de un varón. Michael Yogman, pediatra y pedagogo, dice: "El padre tiende a jugar más que la madre con el pequeño y sus juegos suelen se más vigorosos, más estimulantes más excitantes". Los de ella son más acogedores, más sedantes. Así el chico aprende sobre sí mismo, sobre su sexo y sobre el opuesto y se educa para convivir en la diversidad. Cuando un papá viste al hijo no lo viste mal. Lo hace diferente de la madre. Cuando lo arroja al aire y lo baraja, no lo pone en peligro porque él sí puede recibirlo en sus brazos con seguridad (a la mamá probablemente se le caería, por eso ella juega distinto). Y cuando sale con ellos y vuelven sucios, es porque con el papá juegan distinto, a juegos más activos y exploran el mundo de otra manera. Son diferencias. No se trata de papá o mamá, sino de papá y mamá ofreciendo dos accesos distintos e integrados a la vida en la sociedad y al vínculo con los demás.
Articulo de Sergio Sinay
El gran mérito de Rius consistió en poner el dedo en esa llaga: la cocina mexicana, carece en general de elementos nutritivos, o los usa de forma desbalanceada lo cual provoca obesidad y múltiples enfermedades.
Muy completo y ameno libro acerca de la alimentación, bueno la mala alimentación mexicana, toca muchos puntos pero una sola idea en general, la mala alimentación provoca obesidad e infinidad de males a la salud
Es un principio al naturismo, afirmando que: "Los hombres no somos más que changos con ropa, hechos para comer hierbas, frutas, verduras y semillas, pero NO CARNE. Si la naturaleza nos hubiera hecho carnivoros, nos hubiera provisto de garras, colmillos ganchosos, vista y olfato agudos, carrera rápida e instinto de presa ¡pero no!. En la boca contamos con una herramienta impropia para desgarrar y masticar carne... un jugo digestivo con pocos ácidos y un estomago totalmente impropio para digerirla ... Ah pero queremos comer sabroso..."
Algo que me agrado y me convención de este libro, es que sostiene que la carne tiene proteinas que necesita nuestro organismo, pero tambíen necesitamos otros nutrientes que, la carne, los calditos de fideos y las fritangas no tienen; asi que incluye una muy completa guia nutricional con bastante buenos consejos para que la comida además de ser nutritiva sea fácil de digerir y asi evitemos muchos de los males que frecuentemente tenemos.
Con perdón de Don Vicente (Guerrero), diremos que antes que la patria está la panza, pues una patria llena de individuos enfermos (y desnutridos) es una pobre patria dada al queso... ¡en cambio, una patria llena de gente sana y con una panza en buen estado, es una patria a todo dar!
Y para continuar: "Como dejar de comer (mal)". Rius
La experta británica autora de "Lo que las madres hacen", se niega a dar consejos prácticos para criar a los hijos. Al revés, su especialidad es fortalecer la confianza de las madres y que ellas mismas encuentren el camino. "Una madre puede tomar decisiones por sí misma. Al principio da miedo ser responsable del hijo de uno, pero nadie lo conoce mejor que ella.Necesitan ser capaces de pedir información, pero no un paquete de consejos".
Jueves 20 de Septiembre de 2007
Natalia Núñez
Puntomujer.emol.com
El primer recuerdo de infancia de la terapeuta británica Naomi Stadlen (64) ocurre en el refugio que tenía en el patio trasero de su casa en Londres, Inglaterra. Sus padres eran judíos perseguidos y lograron escapar de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Todos tenían que protegerse en ese escondite cuando sonaban las sirenas de alarma de bombardeo. Era niña, pero lo recuerda muy bien. Está tan nítida la escena que prefiere no referirse al tema. No públicamente al menos. "Más tarde, estudié historia en la Universidad de Sussex. Estaba tan interesada en leer los datos de Adolf Hitler que no quería dejar mi libro a un lado. ¡Ni siquiera para ir a una fiesta de estudiantes!", cuenta desde Londres.
Naomi, casada hace 40 años y con tres hijos, decidió dedicar su vida a averiguar de qué forma las madres tienen una genuina sicología incorporada para aplicarla a sus hijos. Sin ningún manual o guía práctica de por medio, ellas saben cosas. "Necesitan ser capaces de pedir información para criar a sus hijos, pero no que les entreguen un paquete de consejos", asegura ella como enemiga de entregar tips sobre cómo ser madre.Ese cuestionamiento a cuanta fórmula y regla existe en libros sobre cómo ser una madre modelo, motivó a Naomi a disparar su contraparte: publicó en Gran Bretaña a fines del año 2004 "Lo que las madres hacen", un texto que está a la venta en Chile y que ha revolucionado la literatura existente sobre el tema. Y por ir contra la corriente, tuvo poca o casi nula publicidad. "En ausencia de propaganda, el libro se ha traspasado de madre a madre casi como contrabando. De hecho, fue así como llegué a oír sobre él", dice la crítica del prestigioso periódico británico "The Guardian".
En enero de 2005 ese diario dedicó cinco páginas de reseña sobre este libro donde destacan frases como "está destinado a convertirse en un clásico" y "es el mejor texto para padres que se haya publicado jamás".No se trata ni de un best seller ni de una novela. No. Se trata de un texto sobre maternidad, sobre experiencia con hijos, 336 páginas resumidas con consistencia por The Independent: "Este es un libro brillante, brillante. Es la real antítesis de aquellos horrendos 'entrenamientos para bebés' empastados y augura un presente esplendoroso para una madre primeriza". ¿El secreto? No entrega recetas definitivas sobre nada, ni dice "haga esto si el niño está mañoso". Pero a cambio ofrece a las propias madres herramientas que les permitan encontrar el camino, ganar confianza en sí mismas y recuperar la fe en su instinto, en lo que les dice su intuición materna.
- Haciendo memoria, ¿alguna vez se sintió reprobada respecto de su desempeño como madre?
"Describí en el libro que solía sentirme como si no estuviera logrando nada como madre. La manera en que lidié con eso fue escribiendo sobre esa impotencia, y alentando a otras mujeres a hablar y escribir al respecto para demostrar que la maternidad sí es un tema. Creo que otras muchas personas necesitan escuchar a las madres".
"Aliento a las mujeres a hablar honestamente"
Con esa premisa como bandera de lucha, Naomi decidió echar a andar en el año 1991 "Mothers talking" ("Conversaciones entre madres"), una discusión grupal semanal que realiza en el Active Birth Center de Londres con madres de distintas edades y estratos sociales que comparten sus dudas, vivencias y quejas.
"Puede ser una gran ayuda que hablen entre ellas, sin darse consejos. Pueden discutir las grandes preguntas sobre ser madres. Yo las aliento a hablar honestamente. Cuando una se critica a sí misma, las otras escuchan lo fuerte que suena y la mayoría de las veces le dicen que se dan cuenta de lo buena que es con su hijo", dice.
- ¿Cuál es la queja más frecuente con la que se ha encontrado?
"El principal reclamo de las madres de nuestro tiempo es que son educadas para tener un trabajo, no para convertirse en mamás. Esa responsabilidad para la mayoría de nosotras es un shock, y ser madre es fascinante. No se trata sólo acerca de dar comida y limpiar. Una madre tiene que hacerse preguntas éticas difíciles, como: ¿Debiera hacer una elección que me va a beneficiar a mí, pero no a mi hijo? Las dudas sobre cómo cuidar a un bebé, o cómo aproximarse a temas éticos acerca de ser padres debieran enseñarse en el colegio".
A lo largo de su trayectoria, Naomi ha escuchado cientos de anécdotas de aprendizaje maternal. Un ejemplo que recoge es éste: 'La gente le pregunta a las madres: ¿Tu niño duerme toda la noche todavía?, ¿Has empezado a darle de comer sólidos ya?, ¿Le ha salido algún diente? Nadie parece preguntar: '¿Has descubierto qué cosas lo confortan?'.
"Hasta ahora la capacidad para dormir toda la noche o digerir comida sólida o que le crezcan los dientes tiene poco que ver con ser madre. Los niños alcanzan estos logros cuando son lo suficientemente maduros, mientras que ser capaz de confortarlos sí que depende de la habilidad de las madres. El libro tiene un capítulo sobre confortar. Ahí se muestra cómo, al principio, las mamás simplemente no saben qué hacer cuando sus hijos lloran. Pero experimentan y a partir de eso descubren qué disfrutan sus niños".
- ¿Por qué a usted no le gusta dar consejos a las madres?
"Mi libro no es un manual de cuidado de bebés. No dice a ninguna madre lo que debiera hacer. Ella puede tomar sus decisiones por sí misma. Al comienzo, cuando tiene un hijo y es primeriza puede querer que alguien 'sabio' le diga lo que debe hacer. Da miedo ser responsable del niño. Pero, mientras más permita que otros tomen decisiones por ella, menos confianza tendrá para tomar sus propias elecciones. Además, nadie conoce a su guagua mejor que ella misma".
Naomi dice que sentirse desorientada, confundida o insegura es exactamente el estado de la mente correcto, el necesitado por una madre nueva, y que a menudo se sienten solas, invisibles o poco importantes. Un hecho que se evidencia en el alto número de mujeres que dicen "no logro hacer nada en el día".
"Los niños florecen si se sienten comprendidos"
Para atenuar la frustración que provoca el cansancio o falta de tiempo porque los chicos lo absorben todo con sus "demandas", Naomi se atreve a advertir algunas líneas generales para las mamás. Primero dice, y por básico que parezca, hay que considerar que un niño vivo es diferente a una máquina, como por ejemplo, un reloj."Si nuestro reloj no funciona, el problema está en el objeto, lo enviamos a un relojero y él descubrirá qué está mal. Los padres a veces ven a sus hijos así. Pueden llevar a su niño 'problema' a un siquiatra y demandar que lo 'arregle', como si fuera un reloj roto. Pero el problema no está 'dentro' del niño, como en el reloj. Un niño vive en relación con sus padres. Si hay problemas, la madre necesita mirar el vínculo entre ella y su hijo. Los niños florecen cuando se sienten comprendidos, confiados y respetados por sus padres. Los perciben como amigos sabios. La relación puede ir mal cuando los padres ofrecen su amor con condiciones. Por ejemplo: "Te amaré si haces lo que te digo". Los niños se esfuerzan en cumplir sus condiciones. Y como son, a menudo, imposibles de lograr, están usualmente desamparados, sintiendo que fallaron en ganar ese amor. Y un niño que no se siente suficientemente 'bueno' como para lograr el amor de su madre, puede decidir ser desobediente".
- ¿Qué puede hacer una madre si se enfrenta a problemas con sus niños?
"Si un niño tiene miedo al colegio, no deja de llorar, no habla, no quiere comer y se escapa de la casa, la primera reacción de los padres es reclamar que algo está "mal" con ese niño. Si tiene un problema, refleja conflicto con sus padres. En lugar de enojarse con el niño "malo", sería mejor que la madre se sentara en silencio a preguntarse si puede ser mejor madre. Muchas veces ella encuentra difícil tener una conversación con su hijo. Pero ningún "experto" puede ayudar a su hijo mejor que ella. Necesita encontrar una forma de confiar otra vez en él y de que se sienta seguro con ella. La manera más simple es la conversación: hacer una pregunta simple y escuchar las respuestas del niño. Si se niega a hablar, lo más probable es que no se sienta seguro. Está asustado de que pueda ser culpado por todo, o criticado como "estúpido". Si habla pero no escucha, es porque tiene miedo de que lo sermoneen. Es tarea de la madre que se sienta seguro".
- ¿Cuál es la lección más importante de ser madre hoy?
"El ser madre tiene que venir de la calidez de su corazón. No se puede
aprender de un libro. Ella tiene que sentirse libre de amar a su hijo.
Y las madres no se sienten así si se están criticando. La mayoría tiene
una "voz crítica" que reclama: "No has hecho suficiente". O "estás
haciendo demasiado". O "tu casa es un desastre". O "tú eres la peor
madre". Si se pasa criticando a sí misma, estará muy tentada de pasar
su culpa a su hijo. Por eso, es de gran ayuda que hablen entre ellas,
se desahoguen. No hay nada mejor que el maravilloso apoyo que las
madres pueden darse unas a otras".